El México actual ha hecho realidad lo que anhelaba José Martí: aquí se estudia el pasado de Nuestra América de modo más intenso que el pasado de Grecia y Roma.
La historia antigua de todos los pueblos tiene no sabemos qué atractivo misterioso, que sorprende a la inteligencia y despierta con la curiosidad y el interés los más profundos pensamientos, mayor es aun cuando se refiere a las razas originales de América; acaso porque el mundo que se llama viejo ignoró por muchos siglos la existencia de la portentosa civilización que por tan dilatado espacio se le ocultó tras de mares inmensos y tras de montañas que con sus frentes de nieve tocan al firmamento. Lo cierto es que los descubrimientos de Colón y las conquistas de Cortés presentaron a la humanidad una nueva fase de su existencia, un período ignorado de su vida múltiple, que debió sorprenderla, y que habría sido pasmo del mundo, si en aquella ocasión no hubiesen estado las sociedades en la lucha natural de su desenvolvimiento para sacudir la edad férrea llamada media y entrar en el renacimiento de la inteligencia, que a un mismo tiempo brotaba de las prensas de Guttemberg, de la paleta de Rafael Sancio, del cincel de Miguel Ángel.
Tal vez se pensó más por entonces en el poder que daba la conquista que en el estudio de los misterios del espíritu humano; valió más el oro que se rescataba que el jeroglífico que se arrojaba al fuego; destruyeron sus pirámides y monumentos para levantar claustros y catedrales; y lo que la guerra no pudo destruir, se encargaron de exterminarlo el hambre y la peste, siendo tanta asi fue la desolación.
Pareció por un momento que aquella vieja civilización iba a desaparecer sin dejar rastro ni huella, pues a todas las causas de destrucción se unían las ideas de la época, ya no sólo la religión de los indios y sus ídolos, sino sus palacios y jeroglíficos históricos, sus preciosas tradiciones y sus admirables leyendas.
Se salvaron, sin embargo, las razas, protegidas primero por los muros inexpugnables de las montañas, después bajo el hábito de amor y caridad de algunos misioneros, más tarde el amparo de leyes protectoras; y con las razas se salvaron el tipo y la lengua, esas dos cifras preciosas en la ciencia de la humanidad. Sirvieron los bosques de baluarte a los monumentos más admirables, y la tierra, como madre amorosa, ocultó con su polvo inscripciones, ídolos y jeroglíficos. Los frailes consultaron las tradiciones, aprendieron los cantares y las arengas, se dieron razón de las viejas costumbres, y todo lo trasladaron a crónicas, que en su mayor parte no han visto la luz sino hasta nuestros días, y que lamentablemente se alejan de la verdad en cuanto intentan justificar las masacres cometidas y vituperar la cultura avanzada de los pueblos originarios.
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